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Pasado, s. Pequeña fracción de la eternidad de la que tenemos un leve y lamentable conocimiento. Una línea móvil llamada Presente lo separa de un período imaginario llamado Futuro. Estas dos grandes porciones de la Eternidad una de las cuales borra continuamente a la otra, son eternamente distintas. Una está oscurecida por la pena y el desengaño, la otra iluminada por la prosperidad y la alegría. El Pasado es la región de los sollozos, el Futuro, el reino del canto. En uno se acurruca la Memoria, vestida con un sayal, la cabeza cubierta de ceniza, musitando plegarias penitenciales; en la luz solar del otro vuela la Esperanza llamándonos a los templos del éxito y los pabellones del placer. Sin embargo, el Pasado es el Futuro de ayer, el Futuro es el Pasado de mañana. Son una misma cosa: el conocimiento y el sueño.

Futuro, s. Época en que nuestros asuntos prosperan, nuestros amigos son leales y nuestra felicidad está asegurada.

El asesinato en sí es un acto humano en el que confluyen distintos aspectos de la vida: la destrucción de una vida es un misterio, al lado del cual  la causa que lo provoca sólo tiene una importancia secundaria. La causa puede ser inconsciente e instintiva, puede ser la venganza, la ira, la envidia, el lucro, o la defensa legítima, el deseo de administrar justicia o un ideal considerado de orden superior (por ejemplo, el amor a la patria); el asesinato puede ser algo mecánico o perpetrado por puro aburrimiento, aunque puede deberse también a pura vileza y carecer de causa alguna. No obstante, en casa caso se destruye una vida que no puede sustituirse y que desaparece así de forma definitiva. Todo termina para el que muere, pero quien quita la vida a una persona no sólo borra un trozo del mundo, sino que al matar a otro ser evoca también el final del mundo, del universo entero. Éste, naturalmente, no termina; pero como sí termina para una persona, nos hace pensar que cada asesinato constituye un reto al final universal. El asesino -o expresado de forma menos radical, el que mata a otra persona- no sólo establece un contacto íntimo con la muerte sino también con el final cósmico.

Rainer María Rilke.

Carta 12/04/1923

“El que no afirma alguna vez con un sí definitivo, aclamativo, la atrocidad de la vida, no entrará en posesión de los valores incomparables de nuestro ser, se moverá solamente al margen, y, en el día en el que caiga la decisión, no habrá pertenecido ni a los vivos ni a los muertos”.

Duérmete, mi niño, si quieres dormir.
Que no te adormezcan los otros por ti.
Que no te adormezcan con sus propios miedos
aquellos que tienen miedo a vivir.

Despierta, mi niño, cuando alguien te cante
melodiosas nanas para dormir,
que no serás libre si te ponen delante
otros los caminos por donde has de ir.

Que te den sólo, si quieres ser libre,
lo que tú les pidas besos, que te den besos,
si pides veneno, que sea veneno.

No duermas, niño, si quieres ser libre,
porque si duermes te han de entregar,
cuando crezcas, tus padres a otros amos
para que duermas cuando oigas cantar.

Cantos patriotas, cantos militares,
cantos de alabanza, sin saber a quién
que quieren llevarte del útero al foso
diciéndote siempre: es por tu bien.

Duérmete, mi niño, si quieres dormir.
Duérmete, mi niño, que yo estoy aquí
para defenderte cuando adormezcas
con falsos cantares de un mundo feliz.

Magia de Bachelard.

“Todo soñador de llama es un poeta en potencia. Todo sueño ante la llama es un sueño de asombro. Todo soñador de llama está en estado de sueño originario. Este extrañamiento primero está enraizado en nuestro lejano pasado. Tenemos para la llama una natural admiración, diríamos: una admiración innata. La llama produce una acentuación del placer de ver más allá de lo siempre visto. Nos obliga a mirar.

La llama nos convoca a ver por primera vez: tenemos mil recuerdos de ella, soñamos en ella toda la personalidad de una remota memoria y sin embargo, soñamos en ella como todo el mundo, nos recordamos como todo el mundo se recuerda; mientras, según una de las leyes más constantes del sueño ante la llama, el soñador vive en un pasado que ya no es únicamente el suyo, en el pasado de los primeros fuegos del mundo“.

Gloria a Gloria..

Soy como esa isla que ignorada,
late acunada por árboles jugosos,
en el centro de un mar
que no me entiende,
rodeada de nada,
—sola sólo—.
Hay aves en mi isla relucientes,
y pintadas por ángeles pintores,
hay fieras que me miran dulcemente,
y venenosas flores.
Hay arroyos poetas
y voces interiores
de volcanes dormidos.
Quizá haya algún tesoro
muy dentro de mi entraña.
¡Quién sabe si yo tengo
diamante en mi montaña,
o tan sólo un pequeño
pedazo de carbón!
Los árboles del bosque de mi isla,
sois vosotros mis versos.
¡Qué bien sonáis a veces
si el gran músico viento
os toca cuando viene el mar que me rodea!
A esta isla que soy, si alguien llega,
que se encuentre con algo es mi deseo;
—manantiales de versos encendidos
y cascadas de paz es lo que tengo—.
Un nombre que me sube por el alma
y no quiere que llore mis secretos;
y soy tierra feliz —que tengo el arte
de ser dichosa y pobre al mismo tiempo—.
Para mí es un placer ser ignorada,
isla ignorada del océano eterno.
En el centro del mundo sin un libro
sé todo, porque vino un mensajero
y me dejó una cruz para la vida
—para la muerte me dejó un misterio.

Sé que me sacaste del agujero y me llamaste luz, con estas mismas manos con las que hoy me devuelves. Sé que te echaré de menos con los huesos y el silencio. Que le hablaré a un fantasma de tu carne, hendida en las sombras. Que recorreré con estos dedos desgastados la silueta de tus huellas. Que no encontraré respuesta a mi pasado y que nadie sabrá, como hacías tú, calmar este pinchazo y llevarme al mar en un espejo.

No será tan distinto amarte y olvidarte.