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Archive for 23 agosto 2012

“Nunca había dicho Pistorius nada que me llegara tan hondo. No pude contestar nada. Lo que me había impresionado vivamente era la coincidencia de estas palabras con las de Demian, que yo llevaba en mi alma desde hacía años. Los dos no se conocían y los dos me decían lo mismo.

-Las cosas que vemos -dijo Pistorius con voz apagada- son las mismas cosas que llevamos en nosotros. No hay más realidad que la que tenemos dentro. Por eso la mayoría de los seres humanos vive tan irrealmente; porque cree que las imágenes exteriores son la realidad y no permiten a su propio mundo interior manifestarse. Se puede ser muy feliz así, desde luego. Pero cuando se conoce lo otro, ya no se puede elegir el camino de la mayoría. Sinclair, el camino de la mayoría es fácil, el nuestro difícil. Caminemos.”

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“No conoceréis al miedo. El miedo mata la mente. El miedo es la pequeña muerte que conduce a la destrucción total. Afrontaré mi miedo. Permitiré que pase sobre mi y a través de mi. Y cuando haya pasado, giraré mi ojo interior para escrutar su camino. Allá donde haya pasado el miedo ya no habrá nada. Sólo estaré yo.”

Imagen*Temple de huevo y óleo / tabla 90 x 57 cm. (1997)

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John William Waterhouse

El pintor que heredó el neoclasicismo victoriano y la pintura prerrafaelita con los rasgos más íntimos del impresionismo francés. Los resultados son evidentes…

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El objeto de la vida humana es la felicidad del hombre, pero ¿quién de nosotros sabe cómo se consigue? Sin principio, sin fin cierto, vagamos de deseo en deseo y aquellos que acabamos de satisfacer nos dejan tan lejos de la felicidad como antes de haber conseguido nada. Víctimas de la ciega inconstancia de nuestros corazones, el disfrute de los bienes deseados solo nos prepara para privaciones y penas; todo lo que poseemos únicamente nos sirve para mostrarnos lo que nos falta, y a falta de saber cómo hay que vivir todos morimos sin haber vivido.

 

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Rousseau, Cartas a Sofía

 

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Si alguna vez llegas a los ochenta años, comprenderás que a esa edad nos sentimos como hojas a finales de septiembre. La luz del día dura menos y el árbol, poco a poco, empieza a acaparar para sí las sustancias nutritivas. Estamos todavía suspendidos en lo alto pero sabemos que es cuestión de poco tiempo. Una tras otras van cayendo las hojas vecinas, las ves caer y vives en el terror de que se levante el viento. Para mí el viento eras tú, la vitalidad pendenciera. ¿Nunca te diste cuenta, Tesoro? Hemos vivido sobre el mismo árbol pero en estaciones diferentes.
Evoco el día de tu partida, lo nerviosos que estábamos. Tú no querías que te acompañase al aeropuerto, y cada vez que te recordaba que cogieses algo me contestabas: “Me voy a américa, no al desierto”. Desde el umbral, cuando te grité con mi voz odiosamente estridente: “¡Cuídate mucho!”, sin siquiera volver la cara me contestaste diciendo: “Cuida tú a Buck y a la rosa del jardín”. En aquel momento me quedé algo decepcionada por esa despedida tuya. Como buena sentimental que soy esperaba algo diferente y más trivial, como un beso o una frase cariñosa. Solamente cuando se hizo de noche, al no lograr conciliar el sueño, dando vueltas en la casa vacía, me di cuenta de que cuidar a Buck y a la rosa quería decir ocuparme de esa parte de ti que seguía viviendo a mi lado… la parte feliz de ti.

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