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Archive for 24 enero 2013

Por la belleza. Emily Dickinson

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Leólo

A ti la dama. La audaz melancolía, que con grito solitario hiendes mis carnes ofreciéndolas al tedio. Tú que atormentas mis noches, cuando no sé qué camino de mi vida tomar. Te he pagado 100 veces mi deuda. De las brasas del ensueño, sólo me quedan las cenizas de una sombra de la mentira que tú misma me habías obligado a oír, y la blanca plenitud no era como el viejo interludio. Y sí una morena de finos tobillos que me clavó la pena de un pecho punzante en el que creí. Y que no me dejó más que el remordimiento de haber visto nacer la luz sobre mi soledad.

…E iré a descansar, con la cabeza entre dos palabras, en el valle de los avasallados.

 

Imagen

Mi madre nos regaló una bonita rosa de plástico teóricamente para alegrar nuestra habitación por eso de que la flor es una imagen, o más bien una idea de la naturaleza. Su rojo escarlata estaba siendo enterrado por el polvo que cada vez la axfisiaba más.

Si al menos alguien de la familia pudiera darse cuenta de que esta flor carece de naturalidad, con su etiquetita dorada ‘Made in Hong Kong’ pegaba bajo un pétalo, bastaría con un pequeño gesto sin esfuerzo para despegar esa etiqueta y empezar a creer en esa ilusión. Pero me niego a tocarla, no quiero hacerle un lugar en este cementerio de muertos vivientes.

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“Escribir es también no hablar. Es callarse. Es aullar sin ruido.”

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Has ido conociendo en tu existencia

enfermedades crónicas que fuiste domesticando:

como la poesía -vino añejo del alma-;

la extraña propensión a frecuentar

comarcas de tristeza, tedio, nostalgia;

el mar turquesa y traicionero del deseo,

sus naufragios, las islas despobladas

del sexo por el sexo. Y también conociste

enfermedades graves: el amor más desnudo,

el que da fiebre y nos saquea por dentro

como huestes de un cáncer sin escrúpulos.

 

Aprendiste deprisa el perfume a ron barato

de los abandonados, a buscar en los libros

antídotos inútiles contra tanto desvelo,

tanto sudor y escalofríos como hubo.

Conociste el sabor despreciable de la cicuta,

el rostro más horrible de las horas.

 

Y sin embargo, todavía, amas la vida:

esta herida bestia en celo que te quiebra

la sangre sin descanso, que respira contigo

y te acecha desnuda tras la puerta de casa.

 

 

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