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Archive for 23 junio 2014

Prosa del recuerdo

¿Cuánto tiempo ha pasado desde aquel encuentro contigo, mi monstruo azul? ¿Qué ha sido de nosotros, cicatriz de agua? Mírame, me has destruido ¿Qué queda de mí? ¿acaso sé quien soy? Solía pensar que me llenabas el pecho. Toda una existencia reducida a un mar de naufragios. ¡Cuántas veces navegué por sus aguas! Es tu puñal el más afilado y el más compasivo.

 

Todo lo que se precie llega sin ser esperado, y huye sin la obligación de quien lo podría haber solicitado. Me miro por dentro pero ya casi nunca te encuentro. No sé cómo pude soportar tanto tiempo el letargo de buscar una respuesta muda a una pregunta jamás formulada. Pero el recuerdo de tus ojos fijos, desatando las aguas de mil océanos, siempre vivirá conmigo.

 

Monstruo azul, temido y amado monstruo, tus garras han devorado los últimos resquicios de un corazón enfermo ¿Se recompone la carne que al cicatrizar, como un tachón, vuelve a abrirse paso por la herida convaleciente? Los recuerdos son imborrables para los que son leales a las causas del corazón.

 

Ahora paseamos de nuevo, cuando parecía imposible reconciliarnos con nuestros rincones de reproche. Hemos decidido mirar al frente y disipar la bruma de un pasado menos amable… ¿Menos amable? Pero, ¿qué estoy diciendo? ¿acaso no he sido feliz? Sabe el cielo que la dicha de haberte tenido, en mis brazos, un instante, es inconmesurable

 

Ahora visitamos una cueva oscura y oímos el agua correr bajo el canalillo del barro duro, las ramas crujen a nuestro paso, y tus pies trazan un sendero secreto. Nos sentamos en la primera mesa que encontramos y bebemos vino, “el vino de Castilla es el mejor” y te llevas una suerte de sangre roja a la boca, y tan lentamente discurre que a mí me parece que te acaricia su fuego, y pienso entonces en ser copa y disfrutar de que me tengas amarrada, o ser vino y bajar por tu garganta y enloquecer.

 

Brilla poco el sol. Pareciera que ha decidido concederte el protagonismo de la luz. Entre tanto, me observas confundido, con mirada desacostumbrada  ¿Realmente impulsó tu corazón palabras tan desconocidas? ¿qué confesiones no murieron en el mío?

 

Ahora abres el libro por una página al azar,  y es el azar quien nos encuentra a nosotros. Son estas tus manos, las de siempre, jamás podría confundirlas. Igual de blancas, igual de mágicas, igual de inciertas para mí.  En ellas conocí la inmensidad.  Sé que guardan un secreto amargo y sé que jamás logré desentrañarlo. Aquel paraíso que nunca me concediste. Cuántas veces soñé con habitarlo.

 

 

Sonríes, con tu media sonrisa, al pronunciar la frase del desastre, y el pudor permutado inunda tus ojos. A medio pulmón, lees un fragmento de Tolstoi, de reojo me miras, y una suave brisa acude a tu pelo (¿Sabrá la brisa que tu voz es también de viento?). Nadie más ¡Durísima lección, y quizá suficiente! Aquel párrafo vino a buscarnos. Estoy segura.

 

Pero, escúchame, no me malinterpretes. No he aprendido a vivir sin ti. Probablemente jamás lo consiga. Eres tú, el de siempre, quien con su llama me prendió en el fuego esplendoroso de la vida, y quien con su agua calmó el incendio. Estábamos condenados al destierro… ¿Cómo han podido convivir nieve y fuego tanto tiempo?

 

Nada ha cambiado pero todo es distinto. Empiezo a comprender muchas cosas: que la añoranza es regresiva, que del dolor jamás se vuelve y que los caminos del reproche son unidireccionales. Era cierto aquello de que la belleza es algo terrible porque jamás podrá ser abrazada. Te toco y un torrente de imparable lluvia se hiela en mi garganta… ¡Maldito seas!..Si fueras menos terrible, quizás yo podría libertarme. Pero ¿qué digo? Sé que no. Nada llueve sobre ti, tú eres la misma lluvia. La gota que moja, ¿acaso se empapa también a sí misma?

 

Es tranquilizador entender lo que durante tanto tiempo me ha martirizado: ya no te espero. Tienes que entender  algo: tú y yo somos eternos. Lo inacabado siempre se viste con el traje más elegante, el de la imaginación. Ahora sé que jamás serás para mí. Paradójico es que me hayas creado, con la sal de tu mar, la invencible muralla de la dureza  ¿me habías protegido para destruirme después? Quizá tenía sentido y no lo he comprendido hasta ahora. La vida es posible, he aquí la lección más importante. Quererte y no tenerte es compatible con mi vida, y es más, aunque te duela, es compatible con mi felicidad.

 

¿Felicidad? ¡Qué sabré yo de tan compleja disposición de ánimo! ¿Lo perfecto? No sé qué significa, ni quiero saberlo. Lo he probado en tus labios. Quizá la vida a la que aspiro es un aliento imaginario, porque todo lo irrealizable es perfecto a ojos de lo inacabado, y precisamente por su condición de imposible, torna eterno.

 

¡Eso es! Me digo asombrada… ¡lo he comprendido! Toda mi vida serás una llaga. Una herida abierta a merced de un sueño. ¿Qué importa? Antes me causaba dolor pero ahora es mi único consuelo. Te tendré, y no. Te querré, y no. Y en este sino irresoluble divagará la corriente de mi existencia, como siempre, por el caudal más leal a sus aguas. Único mar, profundo, cristalino, impenetrable. Jamás, jamás se concilió mejor una contradicción como en tus ojos

“Cuando estoy contigo me siento como ante una fuerza de la naturaleza”, palideces de vergüenza y te remueves. “Eres para mí algo irresistible. Desconozco la naturaleza de mi sentimiento, pero eso no lo hace menos poderoso que el tuyo. Compadécete de mí, sé menos cruel. No puedo guardarte en silencio. No me pidas eso”. Sería una liberación confesarme, dices, pero también muy peligroso. No quiero estar sin ti, pero contigo tampoco, parece querer decir tu triste corazón.

 

Te digo estas palabras, a ti, aunque no me oigas. Esta es una carta escrita al viento. Solo te estoy recordando. Palabras que jamás leerás. Siempre mías, y con un solo dueño. NO QUIERO QUE VUELVAS. NO QUIERO QUE VUELVAS. NO VUELVAS NUNCA. Esta carta no es una confesión de amor. No es una petición, tampoco es una queja, y posiblemente tampoco sea una carta.  Si me enamoré, no te pido disculpas. No puedo solicitar el perdón de algo que tampoco pudiera haber evitado. Si te quise mal, entonces tampoco. Si te hubiera querido menos, te hubiera querido mejor. De eso estoy segura.

 

Sé lo que me has dado: una alfombra roja para cubrirte, un trono para sentarte, y un altar para rezarte. Y yo te adoré sin remisión. No me arrepiento. Eso es lo que a ti te hace temblar. Lo lógico es que el precio de vivir intensamente no fuera barato. Hubiera recorrido el mundo entero para ir a buscarte, y cuando por fin vienes a verme, eres tú quien me abandona. Lo recuerdo muy bien, cómo olvidar el paso de tus botas rápidas llevándose mi felicidad de aquel hotel, y quizá también mi cordura ¡Qué más da! ¿Para qué la quiero?

 

Pero no importa. La vida es así. Me lo diste todo, y me lo quitaste después, y dispusiste de mi vida a tu antojo. Al fin y al cabo era legítimo: siempre fue tuya. Hiciste nacer en mí lo más bello de la vida, sembraste luz inagotable en un campo fatigado de niebla… Antes de conocerte ¿cómo vivía? ¿acaso me acuerdo? ¿conocía yo la vida?  Sé que no. Tú, tan maestro, tan alumno, me diste la única lección importante.

 

Nada de esto tiene que ver con el olvido al que tanto miedo tienes. Seguirás siendo eterno cuando mi corazón deje de latir. ¡Cómo olvidar el cielo de Aranjuez, y la prisa de tus ojos diciéndome “esto es lo bueno de ser jóvenes”,  ofreciéndome el extraño regalo de tu mano tendida, bajando la ventanilla del coche, pidiéndome un último beso, “no te vayas todavía, quédate conmigo” y tu risa alegre, cultivada de sol. Cómo olvidar las noches de hoteles interminables, -(es en las noches, al fin y al cabo, donde siempre nos confesamos nuestros deseos más amargos, y todo lo que durante el día no es lícito decir)-, y el ritmo frenético de tus manos, tallando el deseo en aquella habitación blanca. Y en el fervor de una noche, me sorprendo, de repente, recordando la danza agitada de aquel taxi, donde de repente nos vimos de madrugada. Aquella llamada inesperada, y el vivo anhelo de mi espera por encontrarme de nuevo con tus ojos azules, buscándome inquieto en la esquina del hotel ABBA.

 

Jamás, jamás olvidaré a quién pertenezco. Jamás renunciaré a mi libertad. Tan preciada, tan mía, tan tuya. ¿Acaso tiene sentido? Qué importa. Tú ocupas bastas extensiones de tiempo. Por ti todo cae: las vocales, el tiempo, la tormenta…como un abismo inacabable.

 

Es paradójico ¡Cuánta luz puede dar una sombra!

 

 

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Todo
mi imperio de palabras
derribado
frente al golpe
implacable
de tu
“No”

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