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Archive for 27 enero 2015

“A los veintidós años, en primavera, Sumire se enamoró por primera vez. Fue un amor violento como un tornado que barre en línea recta una vasta llanura. Un amor que lo derribó todo a su paso, que lo succionó todo hacia el cielo en su torbellino, que lo descuartizó todo en un arranque de locura, que lo machacó todo por completo. Y, sin que su furia amainara un ápice, barrió el océano, arrasó sin misericordia las ruinas de Angkor Vat, calcinó con su fuego las selvas de la India repletas de manadas de desafortunados tigres y, convertido en tempestad de arena del desierto persa, sepultó alguna exótica ciudad amurallada. Fue un amor, glorioso, monumental…”

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Cuando una mujer escribe pasan cosas así:

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Se está muriendo la rosa.
Bajo su rostro cansado de haber buscado
el sol anclado en un florero.
Sus espinas de nada le sirvieron. Le arrancaron el alma.
Cada pétalo se ha ido encogiendo de tristeza,
perdiendo su tersura
ante la despiadada mirada de la gente.
Se está muriendo la rosa. Le cortaron la fuente
que le daba la vida.
Le robaron sentires que la hacían estar viva.
Le dieron agua y ella quería vida. Música de abejas en sus labios.
Alas de picaflores en sus ojos.
Quería sentir amanecer rocío, en sus mejillas.
Besar cada mañana mariposas.
Bailar, dejandose llevar, en danza por el viento.
Se está muriendo la romantica rosa…
Inclina con dolor todo su cuerpo.
Se rinde ante los hombres.

 Quería sentir amanecer rocío, en sus mejillas. Besar cada mañana mariposas. Bailar, dejandose llevar, en danza por el viento. Se está muriendo la romantica rosa. Inclina con dolor todo su cuerpo. Se rinde ante los hombres.

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danaide

No sé qué tienes belleza, que de tanto mirarte, marchitas

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No hay cicatriz, por brutal que parezca

que no encierre belleza.

Una historia puntual se cuenta en ella,

algún dolor. Pero también su fin.

Las cicatrices, pues, son las costuras

de la memoria,

un remate imperfecto que nos sana

dañándonos. La forma

que el tiempo encuentra

de que nunca olvidemos las heridas

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Pájaro azul

Te quedaste con todo. Quién lo diría. Algunos días yo no era de mí, si es que alguna vez me tuve. Si es que sé lo que es tener algo. Recuerdo tus ojos navegando las aguas de aquel lago, y la prisa de tus labios diciéndome: “vámonos, esto no deja de ser un parque muy grande de noche”. Y como dos gacelas corrimos al coche, y como cada noche el parking de Méndez Álvaro, y tu confesión secreta, y los cristales empañados, y los copos de nieve.

Mar, océano. Eres todas las aguas. ¿Por qué me extrañó, entonces, congelarme? Tú fuiste un fruto inerte. Una suerte de lluvia. La luz apagada de un faro. Mar en calma, y de repente, tormenta. ¿Cómo pude naufragar en un manto de hielo?

Esta es la herencia de mi paso por tu vida. Que en el ecuador de mi desesperanza te llamé, incontables noches, y también que aprendí a fingirme entera, o también que me volví maestra en el arte de jugar el impecable papel de la indiferencia, todo eso, bien lo sabes.

Soy una mujer que lleva tu estatua por las calles, y derruida la muestra como si fuera su propia carne, pero soy una mujer que sabe descifrar la oscura escritura de unos ojos teñidos de pena, pero soy una mujer que entiende el negro manto de una lengua impertérrita, de un gesto mudo que grita. Pero soy una mujer que ha aprendido, y una niña que ha llorado. Que quiere y también odia. Que desea y que destruye.

Tú sembraste de luz este valle de flores infinitas. Sobretodo cultivaste una. Y en tu regazo creció: roja, inmensa, suculenta. Y sus espinas afilaste. “Rosa, Rosa”, suspirabas. Y mi nombre jamás fue tan bello. Dijiste que amabas las espinas de mi cuerpo como quien se deleita observando un templo en ruinas. Y lo llamaste la belleza de los caídos. El vals de los tristes, eso bailamos.

Y en las noches más oscuras ¡Cómo lo recuerdo! tu pecho se inflamaba como un pájaro en llamas. “Yo sólo sé ganar”, decías sonriendo. ¡Quién tiene respuestas en este mundo loco! Echaste a volar, y te perdí en el horizonte. Te miré sin descanso planear sobre las montañas, revolotear entre las estrellas, y en el torrencial azul aletear tus blancas alas.

Quién me hubiese dicho entonces que te ibas a llevar todo. ¿Hubiera cambiado algo? Sé que no. Esta hoja no es más que el otro rostro del recuerdo. Sólo eso. No regreses con tu imperio de tristeza. Pájaro azul, pájaro de agua…

Bate tus alas.

Fuerte, fuerte.

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Siempre fue la tristeza
un dócil animal de compañía
con el que yo he jugado algunas tardes. 

Sin apretar los dientes me tiraba del brazo,
paseaba conmigo, se sentaba a mis pies
en los fríos inviernos.
En los días aciagos, por probar su obediencia,
le lanzaba mi alma, y ella me la traía,
dulcemente empada en su aliento doméstico.

Siempre fue la tristeza
un dócil animal de compañía,
que hace tiempo ha adoptado
esta fea costumbre de morder a su amo

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Si acaso quisieras quedarte, nada pasaría: una fuga de besos constante un violín afinado en tu risa. Los rosales que soñé plantarte, la vida al fin, la vida. Si quisieras quedarte, seguiría gritando en la calle “¡hoy has sido mía!” sin ser de nadie. Provocaría tu risa para así poder respirar. Dudo sin ti de la luna de toda poesia, del paso del tiempo -el tiempo es mentira- se para en la noche a mirarte, yo lo vi, vida mía.

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