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Archive for 28 marzo 2016

Fragmento de “Crónicas del pájaro que da cuerda al mundo”

-¿Eres valiente?

-No mucho, dije. (…)

-¿Y curiosidad? ¿Tienes?

-Curioso sí lo soy, un poco.

-¿Y no crees que la curiosidad y la valentía se parecen? […] Donde hay valentía hay curiosidad, y donde hay curiosidad hay valentía, ¿No te parece?

-Pues sí. Es posible que se parezcan en algo, dije. Quizá haya casos en que coinciden, tal como dices.

– Como cuando te cuelas en casa de los demás.

– Por ejemplo, admití pasándome el caramelo de limón encima de la lengua. Cuando entras furtivamente en el jardín de los demás parece que la valentía y la curiosidad actúen juntas. A veces, la curiosidad puede despertar el coraje o avivarlo. Pero, en la mayoría de los casos, la curiosidad enseguida se desvanece. La valentía tiene que recorrer un camino mucho más largo. La curiosidad es igual que un amigo simpático en quien no puedes confiar. Te instiga y, cuando le parece, se va. Y entonces tú sólo tienes que tirar adelante haciendo acopio de coraje.

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Y de pronto el recuerdo apareció. Ese gusto era el del trocito de magdalena que el domingo a la mañana en Combray (porque yo no salía hasta la hora de la misa), cuando iba a decirle buen día a su habitación, tía Léonie me daba después de haberlo embebido en su infusión de té o de tilo. La vista de la pequeña magdalena no me había recordado nada antes de haberla probado; quizás porque habiéndolas visto a menudo, desde entonces, sin comerlas, en los estantes de las confiterías, su imagen se había alejado de aquellos días de Combray para ligarse a otros más recientes; quizá porque, de esos recuerdos abandonados tanto tiempo fuera de la memoria, nada sobrevivía, todo se había disuelto; las formas –y también la de la pequeña valva de confitería, tan generosamente sensual bajo su plisado severo y devoto- se habían borrado, o, simplemente, habían perdido la fuerza de expansión que les hubiera permitido volver a la conciencia. Pero, cuando de un antiguo pasado no queda nada, después de la muerte de los seres, después de la destrucción de las cosas, solamente el olor y el sabor, más frágiles pero más vivaces, más inmateriales, más persistentes, más fieles, continúan aún vivos mucho tiempo, como almas, para recordar, para esperar, para anhelar, sobre las ruinas de todo lo demás, para llevar consigo sin desfallecer, en su gotita casi impalpable, el edificio inmenso del recuerdo.

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