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Archive for the ‘carta’ Category

Hoy te hablo desde casa de Mayda. Esta carta está tomando forma de diario. Quizá lo sea.  Te escribo para hacerte saber lo absorbida que estoy por la historia de Julia y Monsier de Etange. Es la única actividad que logra abstraerme por completo del tedio. Monsier de Etange desde el primer momento se sincera con Julia y la muestra abiertamente sus sentimientos. Ella, sin poder contenerse, hace lo mismo. Monsier quiere poseer lo que no es suyo, pero le pertenece, y no satisfacer sus deseos empaña su felicidad. Julia insiste en hacerle entender que lo hermoso de su pasión es que no se ha realizado, ni se realizará nunca. La virtud que posee su amor no es otra que la inocencia. Ello le da paz a Julia, que vive cada día con inmensa dicha. A Monsier, en su turbación, le resulta insultante la cada día mayor belleza de su rostro, y la reprocha que pueda vivir feliz hechizándole con encantos sin necesidad de contentarlos. Así entran, en cada carta, en un sinfín de contradicciones que me resultan terriblemente conmovedoras. ¡Dulce Julia! ¡Cualquier mujer querría ser amada de la misma manera! Cada línea merece especial atención, y temo pasar de largo por cualquier bagatela, ¡Bagatelas! ¿De qué si no está hecha la vida? ¿No es acaso lo particular la conformación del todo?

¿Te acuerdas, a veces, un poco de mí? Temo que el olvido no tendrá piedad. Te echo tanto de menos.

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Hoy ha salido el sol. No sé cuándo te llegará esta carta, pero seguro que para entonces ya estará nevando. Por lo pronto he salido al césped a a leer el libro que me regalaste. Abrir una sola hoja ha sido suficiente, y entonces he sabido que tenía que escribirte. ¿Con quien sino compartirlo?

Para mi mala suerte ha venido Philip a perturbar mi paz. Quería entablar una conversación sobre Mayda, otra más superflua aún si cabe sobre su pobre vida. En cualquier caso se lo agradezco porque ha logrado reafirmarme en mis pensamientos. Después de contarme con todo lujo de detalles  anécdotas escabrosas sobre su juventud, se ha reído solo con carcajadas vulgares al sentir que decía algo ingenioso, me ha mirado extrañado, supongo ante mi impasividad conversacional (¿o deberíamos llamarlo monólogo?) y entonces ha reunido suficiente decisión para enfrentarse al final de la conversación, y decirme: “en fin, como para escribir una novela de esas”. Y lo decía mirando mi libro. ¡Qué símil tan ofensivo! ¡Hay gente que habla solo para escucharse a ellos mismos!

Después, por fin, se ha ido. Ahora me parece comprender la banal existencia de mucha gente. He logrado desterrar el odio que sentía por él y por mí misma, por verme atada a las cadenas de esta vida sin sentido, plagada del siempre melancólico verde que crece por cada recoveco de esta ciudad. He sentido lástima. También me he sentido afortunada al recordar tus palabras, como una antorcha “millones de personas con vidas miserables que no conocerán nada grande, quizá solo eso valga la pena de su vida”. Digo antorcha porque tus palabras me iluminan y me abrasan. Te pregunto: ¿Qué tipo de novela crees que podría escribir este hombre, que no sabe nada ni a nada aspira? Dice Rousseau que su libro no está hecho para circular por el mundo, y que sólo es adecuado para unos pocos lectores. Aún así, fue el más leído de su época. Mujeres burguesas lo leían a escondidas, cuando en su salón lo desprestigiaban ante el público que recibían. También lo leían hombres, jóvenes y comerciantes, incluso se cuenta el caso de una joven de alta sociedad que adquirió el libro con la intención de entretenerse en su carroza mientras la llevaban a una cena, pero transcurrieron horas mientras, inmersa en las páginas, olvidaba poco a poco la tristeza de su monótona vida. Llegada la madrugada mandó desenganchar a los caballos, anuló su cita y prosiguió la lectura.

Todo ello ocurrió a descontento de Rousseau, que no podía haber esperado que su libro fuera para las masas. Quizá, aunque toda una generación lo considerara cumplida obra de cabecera, la mitad no comprendió nada. Y ahora pienso ¿acaso aquellas gentes que sollozaban al leer la apasionada historia de amor entre Julia y Saint Preux entendían la profundidad de aquellos sentimientos? Dímelo. Necesito saber por qué lloraban. Quiero que sepas que cuido tu libro como un tesoro. Pero dime, aún tengo muchas dudas. ¿Acaso podemos entender lo que jamás hemos sentido? ¿Qué se da primero, el amor o la comprensión? ¿Es posible amar y no saberlo? Rousseau parece no haberse enamorado jamás de la señora Warens. Él mismo lo describe así: “[…] Y una intimidad tan dulce en los encuentros , que tenía todo el encanto de la pasión sin llegar al delirio que nos trastorna y que hace que no se sepa gozar.” Me ha trastornado esta descripción. Sé que me dirás “no hagas caso, Rosa, estaba loco”, o “leer a Rousseau es como leer a Platón, te enamoras de sus líneas pero estar de acuerdo con tan solo una de sus ideas es una locura”.

Como una mujer de insoportable belleza, a la que más vale mirar tan solo una vez. Digo antorcha porque hay bellezas que iluminan y abrasan.

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Vuestro nombre no sé, ni vuestro rostro
Conozco yo, y os imagino blanca,
Débil como los brotes iniciales,
Pequeña, dulce… Ya ni sé… Divina.
En vuestros ojos placidez de lago
Que se abandona al sol y dulcemente
Le absorbe su oro mientras todo calla.
Y vuestras manos, finas, como aqueste
Dolor, el mío, que se alarga, alarga,
Y luego se me muere y se concluye
Así, como lo veis; en algún verso.
Ah, ¿sois así? Decidme si en la boca
Tenéis un rumoroso colmenero.
Si las orejas vuestras son a modo
De pétalos de rosas ahuecados…
Decidme si lloráis, humildemente.
Mirando las estrellas tan lejanas.
Y si en las manos tibias se os aduermen
Palomas blancas y canarios de oro.
Porque todo eso y más, vos sois, sin duda:
Vos, que tenéis el hombre que adoraba
Entre las manos dulces, vos la bella
Que habéis matado, sin saberlo acaso,
Toda esperanza en mí… Vos, su criatura.
Porque él es todo vuestro: cuerpo y alma
Estáis gustando del amor secreto
Que guardé silencioso… Dios lo sabe
Por qué, que yo no alcanzo a penetrarlo.
Os lo confieso que una vez estuvo
Tan cerca de mi brazo, que a extenderlo
Acaso mía aquélla dicha vuestra
Me fuera ahora… ¡sí! acaso mía…
Mas ved, estaba el alma tan gastada
Que el brazo mío no alcanzó a extenderse:
La sed divina, contenida entonces,
Me pulió el alma… ¡Y él ha sido vuestro!
¿Comprendéis bien? Ahora, en vuestros brazos
El se adormece y le decís palabras
Pequeñas y menudas que semejan
Pétalos volanderos y muy blancos.
Acaso un niño rubio vendrá luego
A copiar en los ojos inocentes
Los ojos vuestros y los de él
Unidos en un espejo azul y cristalino…
¡Oh, ceñidle la frente! ¡Era tan amplia!
¡Arrancaban tan firmes los cabellos
A grandes ondas, que a tenerla cerca
No hiciera yo otra cosa que ceñirla!
Luego dejad que en vuestras manos vaguen
Los labios suyos; él me dijo un día
Que nada era tan dulce al alma suya
Como besar las femeninas manos…
Y acaso, alguna vez, yo, la que anduve
Vagando por afuera de la vida,
-Como aquellos filósofos mendigos
Que van a las ventanas señoriales
A mirar sin envidia toda fiesta-
Me allegue humildemente a vuestro lado
Y con palabras quedas, susurrantes,
Os pida vuestras manos un momento,
Para besarlas, yo, como él las besa…
Y al recubrirlas, lenta, lentamente,
Vaya pensando: aquí se aposentaron
¿Cuánto tiempo?, sus labios, ¿cuánto tiempo
En las divinas manos que son suyas?
¡Oh, qué amargo deleite, este deleite
De buscar huellas suyas y seguirlas
Sobre las manos vuestras tan sedosas,
Tan finas, con sus venas tan azules!
Oh, que nada podría, ni ser suya,
Ni dominarle el alma, ni tenerlo
Rendido aquí a mis pies, recompensarme
Este horrible deleite de hacer mío
Un inefable, apasionado rastro.
Y allí en vos misma, sí, pues sois barrera,
Barrera ardiente, viva, que al tocarla
Ya me remueve este cansancio amargo,
Este silencio de alma en que me escudo,
Este dolor mortal en que me abismo,
Esta inmovilidad del sentimiento
¡Que sólo salta, bruscamente, cuando
Nada es posible!

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