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Archive for the ‘Deseo’ Category

Sigue latiendo tu cuerpo tan lejos del mío. El ruido de la calle, el quejido de los motores. Tú. Tu pelo marrón despeinado. “Corre, llegamos tarde”. Tus ojos pintados de azul. Látigo de vida. Azote de vida. Tu cuerpo blanco, fuerte y frágil sobre el mío. Oigo tu corazón palpitar. Tu mano extendida. Tu piel secreta y revelada. Tu secreto eterno y mi eterno deseo por ti. Sombra de tus manos. Recuerdo de tus manos. El lunar de tu pulgar. Mi punto y final. Tu adiós y el mío.

Tu camisa blanca. Blanco recuerdo del pasado. Soledad. Vasto imperio de tristeza. Mar azul. Herida abierta. Yo, carne y tú, solo. Tu corazón palpitante. El lunar de tu pulgar… Adiós de siempre. Adiós de ti. Adiós hacia ti.

Adiós, adiós, adiós, adiós, adiós…

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De nuevo, cuando una mujer escribe:

 

Enamorarse es recordar que uno es exiliado, y ésta es la razón por la que la víctima no quiere que la curen, aunque grite: no puedo soportar esta no vida. No puedo soportar este desierto.

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-Juro que te comprendo. Entiendo la nostalgia de lo sucedido. Eso lo conozco como nadie, pero… ¿añorar lo que jamás ocurrió? ¿Qué debilidad es esa? Siempre estar pensando que otro camino depararía mayor felicidad, que lo que se posee es solo un aperitivo insípido, y  además… ¡ni siquiera! Porque sabemos que al aperitivo le sucede la comida, pero ¿a vosotros? ¡nada queréis más que seguir soñando! Meras locuras. Vuestra vida es una introducción, un letargo de quimeras irrealizables, ni siquiera una utopía, ni el consuelo de lo difícil, solo ansiar lo inexistente. Perseguís un ideal sin objeto

 

-Exacto, eso es.

 

– ¡Qué falta de rectitud! ¿Es que no sabéis lo que queréis?

 

-¡No! ¡somos soñadores!

 

-Pues quien mucho sueña mal duerme, y quien mucho ansía, poco recibe.

 

-¿Y vosotros, nostálgicos? Sois aún peores ¿No sabéis que no se puede volver al pasado, al menos no impunemente?

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Yo te he conocido vestido de nostalgia

como una isla de pájaros ingrávidos,

coronado de sosiego,

y de prisa.

 

Y te he conocido, también,

atropellado por espaldas fugaces

y rendido, exhausto,

ante la eternidad de un abandono

-persiguiendo la sombra de un pelo rizado-.

 

Te he conocido lejano y alegre

y he bebido la copa que me ofrecías triunfante

y he saboreado el amargo licor de la brevedad

-y me he extasiado con su veneno-.

 

También te he conocido de espaldas

y en el lecho de un mar amarillo,

despidiendo al hastío con cuentos antiguos,

y allí, allí he movido tu cuerpo

y sentido tu mano como un guante nuevo

 

Y he conocido tu piel en verano,

besada por el sol más ardiente

y en diciembre me he desnudado dentro de tu corazón

-y he recibido el hielo que entonces me echara-.

 

Porque también te he conocido límite, precipicio,

y he volado,

y he naufragado en tu orilla, y me he estrellado

-y he aprendido que el dolor es eterno

para los infinitos ecos del olvido-.

 

Porque lo eterno es también veloz y frágil

y así te he conocido:

oleaje, murmullo, gemido,

con tu garganta de viento roto

y sutil, a veces,

como el canto de marfil de un arpa.

 

Yo, yo que te he conocido vacío, y repleto

y en tus horas más tristes

y en tu alegría más grave

he comprendido, por fin, lo que decía el poeta:

“hay un algo de pena insondable

en los ojos sin lumbre de cielo”

 

Y yo, que te he conocido también apagado,

y frío y mudo y cobarde,

lo supe en silencio:

 

“Son esos mismos, tus ojos de cielo,

y a pesar de todo,

y aun así

                                                   te quiero”.

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Ya sé que tengo que sobrevivir como si nunca hubiera compartido contigo la primavera y no prestarme más al juego cruel de tus labios, de tu risa, de tus ojos que me hipnotizan. Tendré que imaginar algún lugar donde esconderme con mi amiga la soledad, lejos de la tentación de tus labios, de tu risa, de tus ojos que me hipnotizan

Joaquín Sabina

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