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Archive for the ‘Dolor’ Category

Sintió miedo cuando surgió en su mente la idea viva y clara del destino humano, de su finalidad, cuando la comparó con su propia vida, cuando volvieron a su memoria, unos tras otros, diversos hechos pasados aleteando medrosamente como pájaros asustados, que hubieran despertado de pronto por un rayo de sol.

Sintió tristeza y dolor por su falta de preparación, por haber detenido el desarrollo  de sus fuerzas morales, por su indolencia, que era la causa de todo; le roía la envidia al pensar que otros llevaban una vida plena, y que él, como pesada piedra, yacía tirado en el estrecho y mísero sendero de su existencia.

Despertaba en su tímido espíritu la amarga conciencia de que muchas facetas de su naturaleza seguían dormidas aún, que otras apenas si habían despertado y que ninguna había alcanzado un desarrollo total.

Sin embargo, tenía la dolorosa sensación de que estaba encerrado en él, como en una tumba, un principio noble, luminoso, que tal vez ya estuviera muerto ahora o que yacía, como el oro, en las entrañas de la tierra, esperando, hacía tiempo, convertirse en moneda al uso.

Ese tesoro estaba profunda y pesadamente cubierto por desechos y basuras. Como si alguien hubiera robado y sepultado en su propia alma los tesoros donados por el mundo y la vida. Algo le había impedido lanzarse a la vida y volar por ella, desplegadas las velas de la inteligencia y la voluntad. Un enemigo oculto había frenado con mano de hierro su andadura, arrojándolo muy lejos del directo destino humano.

O

*Pintura de Anastasia Rurikov Simes

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Vuestro nombre no sé, ni vuestro rostro
Conozco yo, y os imagino blanca,
Débil como los brotes iniciales,
Pequeña, dulce… Ya ni sé… Divina.
En vuestros ojos placidez de lago
Que se abandona al sol y dulcemente
Le absorbe su oro mientras todo calla.
Y vuestras manos, finas, como aqueste
Dolor, el mío, que se alarga, alarga,
Y luego se me muere y se concluye
Así, como lo veis; en algún verso.
Ah, ¿sois así? Decidme si en la boca
Tenéis un rumoroso colmenero.
Si las orejas vuestras son a modo
De pétalos de rosas ahuecados…
Decidme si lloráis, humildemente.
Mirando las estrellas tan lejanas.
Y si en las manos tibias se os aduermen
Palomas blancas y canarios de oro.
Porque todo eso y más, vos sois, sin duda:
Vos, que tenéis el hombre que adoraba
Entre las manos dulces, vos la bella
Que habéis matado, sin saberlo acaso,
Toda esperanza en mí… Vos, su criatura.
Porque él es todo vuestro: cuerpo y alma
Estáis gustando del amor secreto
Que guardé silencioso… Dios lo sabe
Por qué, que yo no alcanzo a penetrarlo.
Os lo confieso que una vez estuvo
Tan cerca de mi brazo, que a extenderlo
Acaso mía aquélla dicha vuestra
Me fuera ahora… ¡sí! acaso mía…
Mas ved, estaba el alma tan gastada
Que el brazo mío no alcanzó a extenderse:
La sed divina, contenida entonces,
Me pulió el alma… ¡Y él ha sido vuestro!
¿Comprendéis bien? Ahora, en vuestros brazos
El se adormece y le decís palabras
Pequeñas y menudas que semejan
Pétalos volanderos y muy blancos.
Acaso un niño rubio vendrá luego
A copiar en los ojos inocentes
Los ojos vuestros y los de él
Unidos en un espejo azul y cristalino…
¡Oh, ceñidle la frente! ¡Era tan amplia!
¡Arrancaban tan firmes los cabellos
A grandes ondas, que a tenerla cerca
No hiciera yo otra cosa que ceñirla!
Luego dejad que en vuestras manos vaguen
Los labios suyos; él me dijo un día
Que nada era tan dulce al alma suya
Como besar las femeninas manos…
Y acaso, alguna vez, yo, la que anduve
Vagando por afuera de la vida,
-Como aquellos filósofos mendigos
Que van a las ventanas señoriales
A mirar sin envidia toda fiesta-
Me allegue humildemente a vuestro lado
Y con palabras quedas, susurrantes,
Os pida vuestras manos un momento,
Para besarlas, yo, como él las besa…
Y al recubrirlas, lenta, lentamente,
Vaya pensando: aquí se aposentaron
¿Cuánto tiempo?, sus labios, ¿cuánto tiempo
En las divinas manos que son suyas?
¡Oh, qué amargo deleite, este deleite
De buscar huellas suyas y seguirlas
Sobre las manos vuestras tan sedosas,
Tan finas, con sus venas tan azules!
Oh, que nada podría, ni ser suya,
Ni dominarle el alma, ni tenerlo
Rendido aquí a mis pies, recompensarme
Este horrible deleite de hacer mío
Un inefable, apasionado rastro.
Y allí en vos misma, sí, pues sois barrera,
Barrera ardiente, viva, que al tocarla
Ya me remueve este cansancio amargo,
Este silencio de alma en que me escudo,
Este dolor mortal en que me abismo,
Esta inmovilidad del sentimiento
¡Que sólo salta, bruscamente, cuando
Nada es posible!

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LO QUE SIENTO POR TI – Idea Vilariño

Lo que siento por ti es tan difícil.
No es de rosas abriéndose en el aire,
es de rosas abriéndose en el agua.
Lo que siento por ti. Esto que rueda
o se quiebra con tantos gestos tuyos
o que con tus palabras despedazas
y que luego incorporas en un gesto
y me invade en las horas amarillas
y me deja una dulce sed doblada.
Lo que siento por ti, tan doloroso
como pobre luz de las estrellas
que llega dolorida y fatigada.
Lo que siento por ti, y que sin embargo
anda tanto que a veces no te llega.

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La palabra es un poderoso soberano, que con un pequeñísimo muy invisible cuerpo realiza empresas absolutamente divinas.

En efecto, puede eliminar el temor, suprimir la tristeza, infundir la alegría, aumentar la compasión

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De nuevo, cuando una mujer escribe:

 

Enamorarse es recordar que uno es exiliado, y ésta es la razón por la que la víctima no quiere que la curen, aunque grite: no puedo soportar esta no vida. No puedo soportar este desierto.

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-Juro que te comprendo. Entiendo la nostalgia de lo sucedido. Eso lo conozco como nadie, pero… ¿añorar lo que jamás ocurrió? ¿Qué debilidad es esa? Siempre estar pensando que otro camino depararía mayor felicidad, que lo que se posee es solo un aperitivo insípido, y  además… ¡ni siquiera! Porque sabemos que al aperitivo le sucede la comida, pero ¿a vosotros? ¡nada queréis más que seguir soñando! Meras locuras. Vuestra vida es una introducción, un letargo de quimeras irrealizables, ni siquiera una utopía, ni el consuelo de lo difícil, solo ansiar lo inexistente, es decir, solamente esperar.

 

-Exacto, eso es.

 

– ¡Qué falta de rectitud! ¿Es que no sabéis lo que queréis?

 

-¡No! ¡somos soñadores!

 

-Pues quien mucho sueña mal duerme, y quien mucho ansía poco recibe.

 

-¿Y vosotros, nostálgicos? Sois aún peores ¿No sabéis que el pasado nunca vuelve?

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Yo te he conocido vestido de nostalgia

como una isla de pájaros ingrávidos,

coronado de sosiego,

y de prisa.

 

Y te he conocido, también,

atropellado por espaldas fugaces

y rendido, exhausto,

ante la eternidad de un abandono

-persiguiendo la sombra de un pelo rizado-.

 

Te he conocido lejano y alegre

y he bebido la copa que me ofrecías triunfante

y he saboreado el amargo licor de la brevedad

-y me he extasiado con su veneno-.

 

También te he conocido de espaldas

y en el lecho de un mar amarillo,

despidiendo al hastío con cuentos antiguos,

y allí, allí he movido tu cuerpo

y sentido tu mano como un guante nuevo

 

Y he conocido tu piel en verano,

besada por el sol más ardiente

y en diciembre me he desnudado dentro de tu corazón

-y he recibido el hielo que entonces me echara-.

 

Porque también te he conocido límite, precipicio,

y he volado,

y he naufragado en tu orilla, y me he estrellado

-y he aprendido que el dolor es eterno

para los infinitos ecos del olvido-.

 

Porque lo eterno es también veloz y frágil

y así te he conocido:

oleaje, murmullo, gemido,

con tu garganta de viento roto

y sutil, a veces,

como el canto de marfil de un arpa.

 

Yo, yo que te he conocido vacío, y repleto

y en tus horas más tristes

y en tu alegría más grave

he comprendido, por fin, lo que decía el poeta:

“hay un algo de pena insondable

en los ojos sin lumbre de cielo”

 

Y yo, que te he conocido también apagado,

y frío y mudo y cobarde,

lo supe en silencio:

 

“Son esos mismos, tus ojos de cielo,

y a pesar de todo,

y aun así

                                                   te quiero”.

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