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Archive for the ‘libro’ Category

“¡Desgraciado del hombre que al iniciar una relación amorosa no cree que será eterna! ¡Desgraciado del que, incluso en el primer beso, conserva una funesta lucidez, y sabe que es posible que todo se acabe! La mujer, empujada por sus sentimientos, posee en momentos como éste algo sagrado que es absolutamente conmovedor. Ni el placer, ni la naturaleza, ni los sentidos son los que nos corrompen; lo que lo pervierte todo es precisamente aquella lucidez, aquel calcular lo que pueda suceder, aquel estar sobre aviso, a los que la sociedad y la reflexión que nace de la experiencia nos obligan. Yo amaba y respetaba mil veces más a Elleonore desde que se me entregó. Paseaba con orgullo por entre los hombres; los observaba con una mirada llena de superioridad. El simple hecho de respirar el aire se había convertido en un placer. Me dirigía a la naturaleza para darle las gracias por la inesperada felicidad, por la inmensa felicidad que se había dignado concederme”.

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Sintió miedo cuando surgió en su mente la idea viva y clara del destino humano, de su finalidad, cuando la comparó con su propia vida, cuando volvieron a su memoria, unos tras otros, diversos hechos pasados aleteando medrosamente como pájaros asustados, que hubieran despertado de pronto por un rayo de sol.

Sintió tristeza y dolor por su falta de preparación, por haber detenido el desarrollo  de sus fuerzas morales, por su indolencia, que era la causa de todo; le roía la envidia al pensar que otros llevaban una vida plena, y que él, como pesada piedra, yacía tirado en el estrecho y mísero sendero de su existencia.

Despertaba en su tímido espíritu la amarga conciencia de que muchas facetas de su naturaleza seguían dormidas aún, que otras apenas si habían despertado y que ninguna había alcanzado un desarrollo total.

Sin embargo, tenía la dolorosa sensación de que estaba encerrado en él, como en una tumba, un principio noble, luminoso, que tal vez ya estuviera muerto ahora o que yacía, como el oro, en las entrañas de la tierra, esperando, hacía tiempo, convertirse en moneda al uso.

Ese tesoro estaba profunda y pesadamente cubierto por desechos y basuras. Como si alguien hubiera robado y sepultado en su propia alma los tesoros donados por el mundo y la vida. Algo le había impedido lanzarse a la vida y volar por ella, desplegadas las velas de la inteligencia y la voluntad. Un enemigo oculto había frenado con mano de hierro su andadura, arrojándolo muy lejos del directo destino humano.

O

*Pintura de Anastasia Rurikov Simes

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La felicidad está sobrevalorada -dijo demasiado rápido- No hay completud en la felicidad. Hay más tristeza en la felicidad que en la misma tristeza. ¿Cuándo hemos experimentado aquel sentimiento de estar en plena armonía con nosotros mismos? ¡Si es que es eso la felicidad! La tristeza, sin embargo, todo lo abraza. La potencialidad de ser feliz, potencialidad de la nada. Anhelo de ser. Quizá tenía razón aquel poeta que dijo que la felicidad es perseguir momentos que se escapan. Así hablaba, sintiendo como una losa el peso de su pensamiento. ¿Qué precio habría de pagar? ¿Qué sabía? Nada, en realidad. Ni siquiera estaba segura de haber citado al poeta literalmente, ni de que lo dijese un filósofo, o de haberlo visto en una película. Ella creía saber, tenía la impresión de saber, porque su más ferviente deseo era descubrir la verdad que sentía latir, con luz poderosa, entre la confusión que pronunciaba con tanta vehemencia.

– Entonces, -siguió-,la tristeza nos ofrece todo un entramado de posibilidades. Piénsalo de esta manera: cuando se está triste se puede estar feliz, concebir la esperanza, pero cuando se está feliz ¿qué queda? Si la felicidad es un momento placentero, éste es tan efímero que el dolor que deja al irse puede hacer desaparecer cualquier recuerdo amable. Claro, eso es. La sola convicción de mi tristeza me hace feliz. -Y al pronunciar la última frase era tal la seguridad de su tono que pareciese que conocía su sentido desde siempre, aunque en realidad lo hubiese averiguado en ese preciso momento-. La felicidad no es otra cosa que la convicción de estar triste.

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