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Archive for the ‘novela’ Category

Dos jornadas de viaje alejan al hombre –y con mucha más razón al joven cuyas débiles raíces no han profundizado aún en la existencia– de su universo cotidiano, de todo lo que consideraba sus deberes, intereses, preocupaciones y esperanzas; le alejan infinitamente más de lo que pudo imaginar en el coche que le conducía a la estación […] El espacio que, girando y huyendo, se interpone entre él y su punto de procedencia, desarrolla fuerzas que se cree reservadas al tiempo. Hora tras hora, el espacio crea transformaciones interiores muy semejantes a las que provoca el tiempo, pero que, de alguna manera, superan a éstas. Al igual que el tiempo, el espacio trae consigo el olvido; aunque lo hace desprendiendo a la persona humana de sus contingencias para transportarla a un estado de libertad originaria. El tiempo, según dicen, es Lete, el olvido; pero también el aire de la distancia es un bebedizo semejante, y si bien su efecto es menos radical, cierto es que es mucho más rápido”

La montaña mágica

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Sintió miedo cuando surgió en su mente la idea viva y clara del destino humano, de su finalidad, cuando la comparó con su propia vida, cuando volvieron a su memoria, unos tras otros, diversos hechos pasados aleteando medrosamente como pájaros asustados, que hubieran despertado de pronto por un rayo de sol.

Sintió tristeza y dolor por su falta de preparación, por haber detenido el desarrollo  de sus fuerzas morales, por su indolencia, que era la causa de todo; le roía la envidia al pensar que otros llevaban una vida plena, y que él, como pesada piedra, yacía tirado en el estrecho y mísero sendero de su existencia.

Despertaba en su tímido espíritu la amarga conciencia de que muchas facetas de su naturaleza seguían dormidas aún, que otras apenas si habían despertado y que ninguna había alcanzado un desarrollo total.

Sin embargo, tenía la dolorosa sensación de que estaba encerrado en él, como en una tumba, un principio noble, luminoso, que tal vez ya estuviera muerto ahora o que yacía, como el oro, en las entrañas de la tierra, esperando, hacía tiempo, convertirse en moneda al uso.

Ese tesoro estaba profunda y pesadamente cubierto por desechos y basuras. Como si alguien hubiera robado y sepultado en su propia alma los tesoros donados por el mundo y la vida. Algo le había impedido lanzarse a la vida y volar por ella, desplegadas las velas de la inteligencia y la voluntad. Un enemigo oculto había frenado con mano de hierro su andadura, arrojándolo muy lejos del directo destino humano.

O

*Pintura de Anastasia Rurikov Simes

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[…]Y sin embargo, felicidad, acudes sin ser llamada. Con tu gran mano me enlazas el cuello, y me atraes hacia tu boca con un beso. Felicidad, tienes nombre de poesía. Con tu lengua de fuego abrasas la culpa. Enmudece el mundo cuando acudes. Nada más quiero que tu mano me cubra.

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El monstruo de mis sueños llora amargas lágrimas y se recuesta sobre su lecho de piedra. Dice: temo olvidar tanto como recordar.

Tengo un monstruo que se instala en mis sueños y me acompaña cada noche. De día es una fiera dormida a la que calmo acariciándole el lomo. De noche abre sus fauces y engulle todo cuanto encuentra a su paso. Dócil animal, animal indomeñable, te he cubierto de tantos besos que ya somos indistinguibles.

El monstruo que habita en mis sueños tiene una cara negra y unos inmensos ojos de cielo, refulgentes mejillas y níveo pelaje. A veces agita las garras y con su paso devastador derruye alguna que otra tranquila aldea. El monstruo que habita en mis sueños es de naturaleza salvaje, pero sus patas son domésticas y a veces acunan mis miedos.

Temo al monstruo que a veces duerme conmigo. A mi monstruo de cara negra le cruza una sombra por el rostro, por eso le llamé “monstruo de cara de negra”, aunque a él no le gusta que le llame así. Dice: yo no tengo nombre. El monstruo se revela, y abre sus fauces. Limo sus garras en vano. Mi monstruo se me aparece y me dice: “temo que el olvido no tenga piedad”, y vuelve a llorar amargas lágrimas. Me recuesto en su lecho rocoso y lloro con él. Le he acariciado tanto…

Mi monstruo de níveo pelaje entona un cántico nocturno, y muchas aves azules danzan con él. Las aves dicen: este monstruo no es como otros. Y siguen agitando su plumaje. El monstruo que habita en mis sueños pide salir de día, y teme tanto como desea el fuego de alguna pasión desbordante. Le digo que durante la noche todo se ve con mayor claridad, pues es entonces cuando los sueños divagan sin norma. Perteneces al sueño, no podrás salir de aquí. Me dice: “no quiero”, y un caprichoso berrinche se apodera de él. Entonces devasta alguna que otra tranquila aldea.

Mi monstruo regresa arrepentido, pues sabe que sus patas son más fuertes y con su paso, a veces hiere sin pretenderlo. Le consuelo y a pesar de reprobarle, le cubro de besos. Le digo: no te vayas nunca. Y mi monstruo azul se aleja.

Caprichoso animal. El monstruo que habita en mis sueños es caprichoso. Me mira consolador, y me dice: temo olvidar tanto como recordar. Y nos recostamos de nuevo en el lecho rocoso.

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“[…]Había que rebajar, pensaba él, los discursos exagerados que ocultan afectos mediocres; como si la plenitud del alma no se desbordara a veces por las metáforas más vacías, puesto que nadie puede jamás dar la exacta medida de sus necesidades, ni de sus conceptos, ni de sus dolores, y la palabra humana es como un caldero cascado en el que tocamos melodías para hacer bailar a los osos, cuando quisiéramos conmover a las estrellas

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Hoy te hablo desde casa de Mayda. Esta carta está tomando forma de diario. Quizá lo sea.  Te escribo para hacerte saber lo absorbida que estoy por la historia de Julia y Monsier de Etange. Es la única actividad que logra abstraerme por completo del tedio. Monsier de Etange desde el primer momento se sincera con Julia y la muestra abiertamente sus sentimientos. Ella, sin poder contenerse, hace lo mismo. Monsier quiere poseer lo que no es suyo, pero le pertenece, y no satisfacer sus deseos empaña su felicidad. Julia insiste en hacerle entender que lo hermoso de su pasión es que no se ha realizado, ni se realizará nunca. La virtud que posee su amor no es otra que la inocencia. Ello le da paz a Julia, que vive cada día con inmensa dicha. A Monsier, en su turbación, le resulta insultante la cada día mayor belleza de su rostro, y la reprocha que pueda vivir feliz hechizándole con encantos sin necesidad de contentarlos. Así entran, en cada carta, en un sinfín de contradicciones que me resultan terriblemente conmovedoras. ¡Dulce Julia! ¡Cualquier mujer querría ser amada de la misma manera! Cada línea merece especial atención, y temo pasar de largo por cualquier bagatela, ¡Bagatelas! ¿De qué si no está hecha la vida? ¿No es acaso lo particular la conformación del todo?

¿Te acuerdas, a veces, un poco de mí? Temo que el olvido no tendrá piedad. Te echo tanto de menos.

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Anaïs, no creo que nadie haya sido tan feliz como lo fuimos nosotros. No creo que exista en la historia del hombre y de la mujer un hombre y una mujer como tú y como yo, con nuestra historia, nuestras circunstancias; con aquello que se desbordaba en las paredes, el ruido de la calle y la explosión de tu mirada inquieta de ojos delineados en negro; con la sinceridad de tu cuerpo frágil y tu secreto agresivo e insaciable. El recuerdo puede ser cruel cuando estás volando febrilmente a tu próximo destino, a otros brazos que te reciban expectantes y hambrientos. El recuerdo de tu diario rojo que tirabas en la humedad de la cama entre tus labios entreabiertos y mis ganas de desearte. Te deseo. Te deseo con la desesperación y el anhelo de lo imposible y ya te has ido y tal vez, en un sueño imaginativo y romántico, leerás estas palabras una y otra vez, en medio de mi ciudad con la gente pasando en medio de las calles y la sorpresa en tus ojos y la gran dama con el fuego en la mano derecha.

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