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inside out

Magistral película de Pixar con una lección necesaria para iniciar al público más joven y educar al adulto. Una genialidad donde relucen como el oro las enseñanzas que Freud alumbró al mundo oculto del cerebro. Escenas tan mágicas como “la cárcel del subconsciente”, donde ya lo decía Bing Bong: “aquí traen a todos los que dan problemas”. Allí, los peores temores de Riley duermen, literalmente, tal y como dijo el maestro de la psicología, miedos que, al ser perturbados, despertarán sin duda, como hace el gran payaso. Y a propósito de Bing Bong, se trata de un entrañable elefante rosa cubierto de algodón de azúcar que llora caramelos, y que sabe bien que el amor, a veces, también es sacrificio. ¿Y el fantástico tren del pensamiento? Se pone en marcha cuando Riley está despierta y viaja sin rumbo ni destino, movido por el viento del azar de una Riley todavía niña. Es en el tren donde vemos otro guiño fundamental, y es que encontramos varias cajas, que si es agudo el espectador, observará que en ellas se encuentran fielmente separadas “hechos” y “sentimientos”, por supuesto, en continentes diferenciados, pero sin embargo, “opiniones” y “hechos” fácilmente se mezclan, decía el elefante, y se apresuraba a mezclar las fichas de las cajas.

El túnel por el que atajan Tristeza, Alegría y Bing Bong (foto arriba), supone toda una oda al pensamiento abstracto que Riley está comenzando a desarrollar. Conceptos como “soledad” que la niña siente aunque no sabría definir todavía. En este túnel los tres personajes se deconstruyen en diferentes fases hasta llegar a ser bidimensionales. Si pierden todas las piezas, si se abstraen hasta el final, dice Bing Bong “seremos olvidados para siempre”. Y del olvido hace cumplido ejemplo la película, con todo un arsenal de “bolas de recuerdos”, a saber -y el vital-, recuerdos esenciales, que forman la personalidad de Riley que necesita conservar para seguir siendo ella misma; recuerdos a largo plazo, los que se almacenan en la mente de Riley para siempre, y recuerdos que los dos funcionarios de turno inspeccionan cada día y borran o no dependiendo de la atención que el sujeto les proporciona. Así llega el olvido.

¡Ah! Las islas de la personalidad. Una manera estupenda de hacer ver a los niños que el dominio de sus emociones y las pasiones que les dominen forma ¡islas! nada menos. Pequeños archipiélagos de emociones que se alimentan o se derrumban como vastos edificios en ruinas, perdiendo, quizá para siempre, una parte de lo que fuimos.

¿Qué diria Platón al ver a las principales cuatro emociones de la niñez comandar desde un centro de control nuestros sentimientos? El mito del carro alado constituye el símil perfecto. La mejor enseñanza de la película, y me atrevería a decir, epicentro de la misma, es la enseñanza más importante: la tristeza también es necesaria.

tristeza

Alegría intenta desesperadamente que a Tristeza no se le ocurra coger una bola de recuerdo, pues ésta la toca la bola se torna azul, y los recuerdos de la niña parecen empañarse de una suerte de nostalgia, haciendo que Riley nunca vuelva a contemplar en sus recuerdos solo la alegría. El final de la película es una enseñanza más para Alegría que para Tristeza, además de una lección de vida para todos, adultos y niños, esta es: que la tristeza está en nosotros como la alegría, y que sin ella resultaría imposible vivir. Al final, Alegría cede los recuerdos esenciales -por fin recuperados-, a Tristeza, y estos marchan en la máquina recolectora. Ha nacido el comienzo de la madurez.

“La alegría fecunda, pero el dolor engendra” (Blake)

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