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Archive for the ‘Tristeza’ Category

Hoy ha salido el sol. No sé cuándo te llegará esta carta, pero seguro que para entonces ya estará nevando. Por lo pronto he salido al césped a a leer el libro que me regalaste. Abrir una sola hoja ha sido suficiente, y entonces he sabido que tenía que escribirte. ¿Con quien sino compartirlo?

Para mi mala suerte ha venido Philip a perturbar mi paz. Quería entablar una conversación sobre Mayda, otra más superflua aún si cabe sobre su pobre vida. En cualquier caso se lo agradezco porque ha logrado reafirmarme en mis pensamientos. Después de contarme con todo lujo de detalles  anécdotas escabrosas sobre su juventud, se ha reído solo con carcajadas vulgares al sentir que decía algo ingenioso, me ha mirado extrañado, supongo ante mi impasividad conversacional (¿o deberíamos llamarlo monólogo?) y entonces ha reunido suficiente decisión para enfrentarse al final de la conversación, y decirme: “en fin, como para escribir una novela de esas”. Y lo decía mirando mi libro. ¡Qué símil tan ofensivo! ¡Hay gente que habla solo para escucharse a ellos mismos!

Después, por fin, se ha ido. Ahora me parece comprender la banal existencia de mucha gente. He logrado desterrar el odio que sentía por él y por mí misma, por verme atada a las cadenas de esta vida sin sentido, plagada del siempre melancólico verde que crece por cada recoveco de esta ciudad. He sentido lástima. También me he sentido afortunada al recordar tus palabras, como una antorcha “millones de personas con vidas miserables que no conocerán nada grande, quizá solo eso valga la pena de su vida”. Digo antorcha porque tus palabras me iluminan y me abrasan. Te pregunto: ¿Qué tipo de novela crees que podría escribir este hombre, que no sabe nada ni a nada aspira? Dice Rousseau que su libro no está hecho para circular por el mundo, y que sólo es adecuado para unos pocos lectores. Aún así, fue el más leído de su época. Mujeres burguesas lo leían a escondidas, cuando en su salón lo desprestigiaban ante el público que recibían. También lo leían hombres, jóvenes y comerciantes, incluso se cuenta el caso de una joven de alta sociedad que adquirió el libro con la intención de entretenerse en su carroza mientras la llevaban a una cena, pero transcurrieron horas mientras, inmersa en las páginas, olvidaba poco a poco la tristeza de su monótona vida. Llegada la madrugada mandó desenganchar a los caballos, anuló su cita y prosiguió la lectura.

Todo ello ocurrió a descontento de Rousseau, que no podía haber esperado que su libro fuera para las masas. Quizá, aunque toda una generación lo considerara cumplida obra de cabecera, la mitad no comprendió nada. Y ahora pienso ¿acaso aquellas gentes que sollozaban al leer la apasionada historia de amor entre Julia y Saint Preux entendían la profundidad de aquellos sentimientos? Dímelo. Necesito saber por qué lloraban. Quiero que sepas que cuido tu libro como un tesoro. Pero dime, aún tengo muchas dudas. ¿Acaso podemos entender lo que jamás hemos sentido? ¿Qué se da primero, el amor o la comprensión? ¿Es posible amar y no saberlo? Rousseau parece no haberse enamorado jamás de la señora Warens. Él mismo lo describe así: “[…] Y una intimidad tan dulce en los encuentros , que tenía todo el encanto de la pasión sin llegar al delirio que nos trastorna y que hace que no se sepa gozar.” Me ha trastornado esta descripción. Sé que me dirás “no hagas caso, Rosa, estaba loco”, o “leer a Rousseau es como leer a Platón, te enamoras de sus líneas pero estar de acuerdo con tan solo una de sus ideas es una locura”.

Como una mujer de insoportable belleza, a la que más vale mirar tan solo una vez. Digo antorcha porque hay bellezas que iluminan y abrasan.

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Siempre fue la tristeza
un dócil animal de compañía
con el que yo he jugado algunas tardes. 

Sin apretar los dientes me tiraba del brazo,
paseaba conmigo, se sentaba a mis pies
en los fríos inviernos.
En los días aciagos, por probar su obediencia,
le lanzaba mi alma, y ella me la traía,
dulcemente empada en su aliento doméstico.

Siempre fue la tristeza
un dócil animal de compañía,
que hace tiempo ha adoptado
esta fea costumbre de morder a su amo

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Yo sé que la felicidad

    es un regalo

       fugaz, inadvertido, 

           todavía precintado. 

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LO QUE SIENTO POR TI – Idea Vilariño

Lo que siento por ti es tan difícil.
No es de rosas abriéndose en el aire,
es de rosas abriéndose en el agua.
Lo que siento por ti. Esto que rueda
o se quiebra con tantos gestos tuyos
o que con tus palabras despedazas
y que luego incorporas en un gesto
y me invade en las horas amarillas
y me deja una dulce sed doblada.
Lo que siento por ti, tan doloroso
como pobre luz de las estrellas
que llega dolorida y fatigada.
Lo que siento por ti, y que sin embargo
anda tanto que a veces no te llega.

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La felicidad está sobrevalorada -dijo demasiado rápido- No hay completud en la felicidad. Hay más tristeza en la felicidad que en la misma tristeza. ¿Cuándo hemos experimentado aquel sentimiento de estar en plena armonía con nosotros mismos? ¡Si es que es eso la felicidad! La tristeza, sin embargo, todo lo abraza. La potencialidad de ser feliz, potencialidad de la nada. Anhelo de ser. Quizá tenía razón aquel poeta que dijo que la felicidad es perseguir momentos que se escapan. Así hablaba, sintiendo como una losa el peso de su pensamiento. ¿Qué precio habría de pagar? ¿Qué sabía? Nada, en realidad. Ni siquiera estaba segura de haber citado al poeta literalmente, ni de que lo dijese un filósofo, o de haberlo visto en una película. Ella creía saber, tenía la impresión de saber, porque su más ferviente deseo era descubrir la verdad que sentía latir, con luz poderosa, entre la confusión que pronunciaba con tanta vehemencia.

– Entonces, -siguió-,la tristeza nos ofrece todo un entramado de posibilidades. Piénsalo de esta manera: cuando se está triste se puede estar feliz, concebir la esperanza, pero cuando se está feliz ¿qué queda? Si la felicidad es un momento placentero, éste es tan efímero que el dolor que deja al irse puede hacer desaparecer cualquier recuerdo amable. Claro, eso es. La sola convicción de mi tristeza me hace feliz. -Y al pronunciar la última frase era tal la seguridad de su tono que pareciese que conocía su sentido desde siempre, aunque en realidad lo hubiese averiguado en ese preciso momento-. La felicidad no es otra cosa que la convicción de estar triste.

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De nuevo, cuando una mujer escribe:

 

Enamorarse es recordar que uno es exiliado, y ésta es la razón por la que la víctima no quiere que la curen, aunque grite: no puedo soportar esta no vida. No puedo soportar este desierto.

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-Juro que te comprendo. Entiendo la nostalgia de lo sucedido. Eso lo conozco como nadie, pero… ¿añorar lo que jamás ocurrió? ¿Qué debilidad es esa? Siempre estar pensando que otro camino depararía mayor felicidad, que lo que se posee es solo un aperitivo insípido, y  además… ¡ni siquiera! Porque sabemos que al aperitivo le sucede la comida, pero ¿a vosotros? ¡nada queréis más que seguir soñando! Meras locuras. Vuestra vida es una introducción, un letargo de quimeras irrealizables, ni siquiera una utopía, ni el consuelo de lo difícil, solo ansiar lo inexistente, es decir, solamente esperar.

 

-Exacto, eso es.

 

– ¡Qué falta de rectitud! ¿Es que no sabéis lo que queréis?

 

-¡No! ¡somos soñadores!

 

-Pues quien mucho sueña mal duerme, y quien mucho ansía poco recibe.

 

-¿Y vosotros, nostálgicos? Sois aún peores ¿No sabéis que el pasado nunca vuelve?

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