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“Nunca hasta ahora tan intenso deseo de diosa o de mujer me ha inundado el ánimo en el pecho hasta subyugarme; ni cuando me enamoré de la esposa de Ixión, que dio a luz a Pirítoo, consejero comparable a los dioses […] ni cuando de la soberana Deméter, de hermosos bucles; ni cuando de la eximia Leto, ni tanto de ti misma; tan enamorado estoy ahora de ti y tan dulce deseo me domina…”

 

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“Solo la mano, obedeciendo al intelecto, puede llegar a la idea”

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“La violencia no se sabe lo que es. Tampoco se sabe, si lo pienso apenas, por qué se ejercita. Nace de la sed del animal, pero también el odio. Y al parecer, los animales, cegados de instinto, matan pero nunca odian. Y el odio, a veces, es más que violento…¿Soy como los animales? Me ciega la cólera, en ocasiones, me ciega y me tapa las manos de sangre. Pero si miro al fondo, cuando intento ver la raíz de la ira, no veo nada. Otra mancha oscura. Posiblemente más sangre. […] Pero después, en la violencia y en la ira se mezcla el miedo. ¿Se entiende? Y el miedo ese es una mezcla tan oscura como la rabia, pero otra, adensándose o apelmazándose, si se juntan, como colores próximos. Y lo hacen bien porque la ira redobla el miedo. Y el miedo engorda la ira y la encabrita. ¿Dónde? ¿Dónde había un río? ¿la piel? ¿Fuera del miedo? ¿Dónde? ¿Habiéndola atravesado ya, paso tras paso?”

Otelo: “Te lo ruego, háblame en la lengua de tus propios pensamientos y dale al peor de todos la peor de las palabras”

 

 

Alegoría de los celos, Bronzino.

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El sino de Faetón

“Adiós, Adiós, recuérdame…”

 

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Imagen: Grabado Van Haarlem y Goltzius

 

Obra: “Par de botas”, 1886.

La pintura de Van Gogh es la pintura de la soledad del hombre; un hombre que pinta una habitación donde no puede entrar, una silla donde no se puede sentar, y unas botas que no se puede poner.

Heidegger:  “En el cuadro de Van Gogh ni siquiera podemos decir dónde están estos zapatos. En torno a este par de zapatos de labriego no hay nada a lo que pudieran pertenecer o corresponder, sólo un espacio indeterminado. Ni siquiera hay adheridos a ellos terrones del terruño o del camino, lo que al menos podía indicar su empleo. Un par de zapatos de labriego y nada más. Y sin embargo, en la oscura boca del gastado interior bosteza la fatiga de los pasos laboriosos. En la ruda pesantez del zapato está representada la tenacidad de la lenta marcha a través de los largos y monótonos surcos de la tierra labrada, sobre la que sopla un ronco viento. En el cuero está todo lo que tiene de húmedo y graso el suelo. Bajo las suelas se desliza la soledad del camino que va a través de la tarde que cae. En el zapato vibra la tácita llamada de la tierra, su reposado ofrendar el trigo que madura y su enigmático rehusarse en el yermo campo en baldío del invierno. Por este útil cruza el mudo temer por la seguridad del pan, la callada alegría de volver a salir de la miseria, el palpitar ante la llegada del hijo y el temblar ante la inminencia de la muerte en torno”.

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Julio César, Shakespeare.

Aunque vea el honor en un ojo y la muerte en el otro,

a ambos miraré con indiferencia.