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Posts Tagged ‘política’

En la filosofía del lenguaje ordinario, lo efectivo equivale a lo verdadero. Esta hipóstasis se produce porque los pensamientos «a posteriori» del acontecimiento siempre propenden a confundir lo realizado con lo real, lo efectuado con lo efectivo y lo ya incorporado a la existencia formal con lo verdadero. Por eso pudo decir la intuición de Homero que sólo los idiotas se instruyen con el acontecimiento.

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Desde el holocausto realizado por la nación más avanzada de Occidente, la confianza en el progreso moral ha sufrido un quebranto casi irreparable. Pues la inhumanidad no la produjo la barbarie ni la ignorancia, sino la sociedad más culta de toda la civilización. “Creer en el progreso no significa creer que un progreso ya ha tenido lugar. Eso no sería más que una creencia” (Kafka).

Como la libertad política, el progreso de la humanidad no está garantizado por su propia naturaleza, ni es irreversible cuando logra llegar, como en ciertos momentos estelares de la historia, a un alto grado de idealismo ético. Si no crece el nivel de moralidad común, no hay progreso en la cultura ni en la civilización, patrimonio este último que no es orgánica o mecánicamente hereditario.

La historia del arte es un campo de observación tan privilegiado como el de la historia de la ciencia, para comprobar que, con la noción de progreso, hemos trasladado al campo de la moral la cualidad acumulativa de los descubrimientos de la razón en el arte y la ciencia.

Sin embargo, respecto de la dignidad invidual y de la satisfacción colectiva de las necesidades culturales, no resulta absurdo creer que los modernos estamos, ante los antiguos clásicos y los renacentistas de la modernidad, como pobres ante ricos, en un mundo de riquezas para pocos y de abundancia estadística para todos.

A esta realidad, más verdadera que piadosa, la ceguera ética y el ateísmo estético responden con autosatisfacción: la ciencia y la tecnología han liberado de la miseria y la enfermedad a millones de seres humanos. Cierto. Pero, ni este brillante resultado ha sido obtenido mediante la inmoralidad y la corrupción de las clases dirigentes del mundo, ni las justifica. Son cosas moralmente compensables.

La esperanza en nuevos renacimientos del gran arte está fundada en virtud acumulativa que tienen las obras maestras. El patrimonio artístico de la humanidad solo tiene parangón con el científico. La continua posibilidad de descubrimientos en la ciencia está basada en el filón de virtualidades acumulando en las investigaciones anteriores. Lo mismo sucede con el legado de los grandes maestros del arte moderno, que no se llevaron a la tumba sus secretos. “Ningún poeta, ningún artista, en el arte que sea, tiene sentido completo por sí mismo. Comprenderlo, estimarlo, es estimar las relaciones con los poetas, los artistas del pasado. No se le puede juzgar a él solo. Hay que colocarlo para oponerlo o compararlo, en medio de los muertos” (T.S Eliot).

 


 

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DOS GRANDES DIFERENCIAS. POR ANTONIO GARCÍA-TREVIJANO

“El patriotismo, sentimiento natural de la especie, pide respeto y piedad por todo lo que la necesidad humana ha hecho común. El nacionalismo, sentimiento cultural de la ambición de poder, pide desprecio e impiedad por todo lo que la libertad o la naturaleza hacen distinto. El sentimiento natural de la patria no produce voluntad de poder. Es la ambición de dominio del nacionalismo la que se apodera de aquel sentimiento tranquilo y lo convierte en emoción rencorosa y ardiente de envidia del Estado”

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“Todo el mundo puede mentir. El mérito no es demasiado grande. Pero sólo el poderoso puede hacerlo con impunidad. El poeta legitima la mentira por su belleza, como por su utilidad el amo la consagra ante el esclavo, el padre frente al hijo, o el gobernante respecto a los gobernados. La estética y la moral utilitarias legitiman la falta a la verdad si, y sólo si, el mentiroso ocupa una posición de poder artístico o social frente al mentido. La mentira del inferior al superior, peligrosa para la relación de dominio, debe ser castigada.

Es sorprendente que los filósofos que han tratado la mendacidad política, desde Platón y San Agustín, hasta Popper, pasando por Maquiavelo, no se hayan percatado de la existencia de esta regla social. La mentira por razones de Estado (mentira “oficiosa”), la mentira colectiva de la clase política (presentar como rapto la huida de Luis XVI) y la mentira individual de un político (Nixon) están sujetas a esta misma ley universal que no conoce excepción que la invalide.

En cumplimiento riguroso de esta ley histórica que premia, como habilidad, la mentira del señor y castiga como inmoralidad, la del esclavo, los vicepresidentes, ministros y barones autonómicos, etc., al mentir como “esclavos”, deben ser castigados por inmorales, mientras que el Jefe del Ejecutivo, o de Partido Estatal, al hacerlo como “señores” que hablan a sus gobernados y tutelados, deben mantenerse en el poder por habilidosos.

El hallazgo de esta ley, criterio de mendacidad para príncipes y deleite intelectual para maquiavelistas, priva de fundamento a la hipótesis del juego que explica, en la mala suerte de ser descubierto, la eventualidad del castigo político de la mentira”

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“Hay una gran diferencia entre tratar a los hombres con igualdad e intentar hacerlos iguales. Mientras lo primero es la condición de una sociedad libre, lo segundo implica, como lo describió Tocqueville una nueva forma de servidumbre”.

F.A HAYEK.

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Si tuviera que abarcar de una sola mirada lo único que imprime sello personal a las acciones de una larga vida de experiencias múltiples, y, a veces, arriesgadas; si estuviera obligado a decir en pocas palabras a dónde conduce la dignidad, con el paso de la juventud de las pasiones a la madurez de los sentimientos; si no excluyera ningún tipo de vocación sincera, incluso el de formar y vivir una decente familia; entonces no dudaría en afirmar que, pese a la situación de variaciones sociales, la vida del espíritu transita desde la búsqueda juvenil de la verdad a las maduras vivencias de lo verdadero. O, dicho de modo más concreto, desde las pasiones de conocer, querer, poder y hacer cosas o relaciones en el mundo de la vida social, cultural o política, a la pasión de comprender y sentir el sentido de la vida y del mundo de la humanidad. Es decir, vivir cada etapa biológica y social de la vida, haciendo presente en ella un mismo y sencillo ideal, como si fuera la única forma de sentir y de experimentar la humanidad entera. SOLO ASÍ, se puede alcanzar una vejez que recuerde sonriendo.

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