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Posts Tagged ‘Trevijano’

En la filosofía del lenguaje ordinario, lo efectivo equivale a lo verdadero. Esta hipóstasis se produce porque los pensamientos «a posteriori» del acontecimiento siempre propenden a confundir lo realizado con lo real, lo efectuado con lo efectivo y lo ya incorporado a la existencia formal con lo verdadero. Por eso pudo decir la intuición de Homero que sólo los idiotas se instruyen con el acontecimiento.

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Antonio García-Trevijano refuta al filósofo moderno Ludwig Wittgenstein, el cual sostiene que todo lo inefable, por ser indecible, no es descriptible ni representable. La absoluta abstracción, como es un lienzo en blanco, sería bello porque representaría la idea de la belleza wittgensteniana entendida como potencialidad. Don Antonio, al respecto, contraargumenta lo siguiente:

“La explicación formal de lo informal, la leyenda racional de lo incomprensible destruye la justificación artística de lo informe explicado. El error ontológico de esta concepción negativa de lo inefable (se refiere a la “Nada” de Wittgenstein entendida como ausencia absoluta o inexistencia, pero no negación de algo) está en confundir lo indescriptible con lo inexistente. Los sufrimientos y placeres alcanzar en sus grados extremos la condición de inefables. Nadie puede decir a otro un dolor de muelas o un orgasmo. Y, sin embargo, existen. Lo indecible no es condición de la “Nada”, sino de lo inconmensurable o imponderable. Lo que el lenguaje ordinario o filosófico no puede decir, es representable por el arte. Esa es la virtud de su constitución expresiva de emociones estéticas. Negarla equivaldría a imponer silencio al arte”.

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DOS GRANDES DIFERENCIAS. POR ANTONIO GARCÍA-TREVIJANO

“El patriotismo, sentimiento natural de la especie, pide respeto y piedad por todo lo que la necesidad humana ha hecho común. El nacionalismo, sentimiento cultural de la ambición de poder, pide desprecio e impiedad por todo lo que la libertad o la naturaleza hacen distinto. El sentimiento natural de la patria no produce voluntad de poder. Es la ambición de dominio del nacionalismo la que se apodera de aquel sentimiento tranquilo y lo convierte en emoción rencorosa y ardiente de envidia del Estado”

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“La deshumanización del arte expresa los trazos infantiles de una sociedad que no quiere salir de una infancia tutelada por el Estado, cuyo paradigma es la pintura de Miró, o la fealdad de los ideales sociales en las civilizaciones técnicas, adecuadamente representados hoy en las piedras colosales y en los artefactos de ingeniería que se colocan en la plaza pública como si fueran esculturas”.

Antonio García Trevijano

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“El gusto comienza siendo algo natural y espontáneo. La naturalidad del arte ha sido decisiva para recatar, o recluir en lo apartado, determinadas acciones biológicas. Con el gusto comienza a distinguirse la útil herramienta de la inútil obra de arte”.

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(Sí, las hay):

Pensar bien el mundo social y político, meta imposible para los bienpensantes, es más difícil que pensar mal o no pensar en absoluto. La primera regla del arte de pensar consiste en rehusar la atención al panorama y las atracciones que ofrecen los sentidos, los hábitos mentales, la cultura envolvente y las pasiones egoístas. Empieza con la paradoja de tener que esforzarse en no pensar. Como aquí no rige la entropía, el deshacer lo pensado mal, que tampoco está al alcance de los malpensantes, cuesta más que pensar correctamente. Sólo construye quien destruye.

Las culturas orientales, poniendo la verdad en el estado de tranquilidad individual, quedaron ancladas en esa primera regla y no continuaron por la senda griega que condujo al arte occidental de pensar lo verdadero y lo justo. Su error vital lo han pagado en atraso científico y sacrificio de la justicia social.

La segunda regla consiste en realizar el proceso de pensar de modo individual. Si la acción es asunto de muchos, el pensamiento lo es de una persona a solas consigo misma. Cuando los partidos dicen «pensamos» no expresan jamás un pensamiento, sino una propuesta de acción. Los equipos y oficinas de pensamiento sólo crean mensajes de propaganda, bajo la apariencia de pensamiento único.

La tercera regla es hermosa. Como las cosas del azar en la naturaleza, el arte de pensar se realiza sin apremios de tiempo y sin motivos de gozo o pena. Los pensamientos salen del reposo. El esfuerzo de pensar a plazo fijo lo pagan los gobernantes con tragedias ajenas y los periodistas con frivolidades propias. Si la Naturaleza pensara, rechazaría de su pensamiento todo atisbo de tragedia o frivolidad. Los pensamientos humanos, en tanto que procesos naturales, denotan su falsedad cuando son trágicos o frívolos. La atribución de sentimientos al pensamiento constituyó la antigua mitología. No es extraño que con el modo sentimental de pensar, gobernantes y editorialistas se tomen por dioses.

Los periódicos serios evitan, sin embargo, los editoriales trágicos o frívolos, no porque procuren la verdad en el pensamiento, sino porque han de complacer a masas necesitadas de no ver perturbada su conciencia de bienestar familiar con ideas pesimistas sobre el malestar del mundo o la irresponsabilidad de sus dirigentes.

El acto de pensar es una aventura. Su cuarta regla estriba en no saber a dónde conduce, cuál será su estación «terminus», si es que la tiene. Eso separa el pensamiento y el razonamiento. Éste no avanza hacia algo nuevo. La conclusión está ya contenida en la premisa. Todo razonamiento es una tautología, con la lógica por instrumento. Mientras que si el pensamiento no es un proceso creador fecundado por la imaginación crítica, no es pensamiento.

Los actos de pensar que conocen su destino, condición constitutiva del pensamiento débil, no pueden ser más que alegatos de ideas dominantes.

La última regla, la más conocida y la única comentada en las reflexiones de los pensadores modernos, garantiza la consistencia del pensamiento, la prueba de su verismo en el contraste con la realidad extramental. Solidez y fluidez en las conexiones de lo observado, en tanto que hecho dado a la percepción, con lo proyectado o intuido en la imaginación de lo verdadero y justo.

Sencillez y belleza en el lenguaje, que no sólo expresa sino que constituye el pensamiento. Y apertura de éste a la verificación constante de su veracidad mediante su confrontación con el mundo.

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Los artistas plásticos actuales reclaman dinero, respeto y admiración por la secreta belleza de unas obras de arte que sólo ellos, sus colegas, sus galeristas, sus marchantes y sus críticos apadrinadores (cuyo lenguaje denota que no tienen nada que decir) se empeñan en comprender. Nunca he leído una línea con sentido, ni oído una palabra con significado, que me hiciera sentir, o al menos entender, la belleza encerrada en composiciones sin forma o combinaciones sin contenido. Salvo en el simbolismo y en las insinuaciones de lo inacabado, la obra de arte que necesita ser explicada para ser admirada está privada de la primera condición de la estética. Esa obra puede ser valiosa, incluso interesante, pero no bella.

Cuando una sociedad o una época pierden todos los ideales nobles, incluso el de la belleza, surge indefectiblemente la necesidad de nuevos dogmas para el arte. La modernidad trajo el de que la belleza está en el secreto de las abstracciones. La postmodernidad, el de que reside en lo que gusta al pueblo. Los dos juntos alimentan en el hogar de las autonomías la vanidad aldeana de promocionar, para «adquirir o comprar cultura», los mayores disparates de lo absurdo y lo grotesco.

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